La feria se configura como un dispositivo contemporáneo de política pública en los campos del emprendimiento y la industria cultural. Varias de las convocatorias de estímulos y concertación cultural inducen a que las propuestas contengan una estrategia comercial como medio de sostenibilidad y es habitual encontrar en los proyectos que se presentan la figura de “feria” como actividad preferida para la comercialización de obras, creaciones, contenidos, servicios y productos culturales.
Desde su historización cultural crítica, Mark Fisher nos propone problematizar la figura de feria, nos deja ver cómo, en las dinámicas propias del capitalismo, este espacio ha dejado de lado su carácter festivo, colectivo, popular, congregante, activador para la creación del vínculo social, para transformarse en un simple escenario de comercialización o de intercambio monetario:
En los siglos XVII y XVIII, mientras luchaba por imponer su hegemonía, en la que la economía se concibe como un dominio separado de lo social, la burguesía estaba sumamente ejercitada en el estatus problemático de la Feria. El problema que enfrentaron fue que la actividad comercial estaba desde siempre ‘contaminada’ con elementos festivos. No existía comercio ‘puro’, libre de la energía colectiva. Una esfera comercial de estas características tendría que ser producida, y para ello era tan necesario contener e incorporar ideológicamente al ‘mercado’ como domesticar la feria.
En: Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (2018)
La feria, como el mercado, no es algo puro que se encuentre fuera. La feria se encuentra en la encrucijada, situada en la intersección de fuerzas económicas y culturales, productos y viajeros, mercancías y comercio. La feria siempre llevó consigo las marcas del ‘espectro de un mundo que podría ser libre’, que amenazaba con sacar al comercio de su asociación con el trabajo duro y la acumulación del capital que la burguesía trataba de imponerle.
El carnaval, el gitano y el lumpenproletariado evocaban formas de vida -y formas de comercio- que eran incompatibles con el trabajo solitario del sujeto burgués aislado y con el mundo que este proyectaba. Es por eso que no podían ser tolerados.
A partir del análisis que hace Fisher y que se extiende en diferentes apartados de su libro Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (2018), propongo y sugiero abrir nuestros procesos culturales a los siguientes cuestionamientos:
¿Qué tal si problematizamos y reflexionamos sobre la posibilidad de repensar estos espacios de comercialización de la cultura y el arte en nuestros procesos y proyectos culturales? ¿Cómo podemos vincular con un horizonte amplio estos espacios comerciales con la vida cotidiana de los barrios y de las comunidades donde los realizamos? ¿A quiénes dirigimos estos espacios? ¿Ideamos estos espacios solo por cumplir con requisitos de las instituciones? Se trata únicamente de «conectar oferta y demanda? ¿Podemos imaginar otras «formas de vida y comercio» en nuestros procesos culturales?
