Diálogos amorosos con Patti Smith I

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<La transformación del corazón es algo maravilloso, no importa cómo se alcance>

Diálogos amorosos con Patti Smith I nació de mi encuentro con M Train y de las resonancias que esa lectura despertó en mi imaginación y en mi experiencia interior. Más que una serie de comentarios o un análisis sobre un libro, estas reflexiones reúnen fragmentos de una conversación íntima entre la obra de Patti Smith, mis recuerdos, mis preguntas y mi forma de habitar el mundo.

Los textos que siguen recogen algunas de las primeras reflexiones surgidas durante ese encuentro con el libro. Son ecos nacidos de sincronías, intuiciones y conexiones profundas, donde la lectura se entrelaza con la memoria, la observación cotidiana y ciertas experiencias personales. A veces la conversación ocurrió en voz alta, otras, tomó la forma de resonancias silenciosas que me revelaron algo nuevo sobre el libro, sobre su autora y sobre quien lo leyó.

Resonancia I

Fred y yo no teníamos un marco de tiempo específico. En 1979 vivimos en el hotel Book Cadillac, en el centro de Detroit. Vivíamos al margen del reloj, los días y las noches se sucedían sin que nos preocupara qué hora era. Nos quedábamos levantados hablando hasta que amanecía y luego dormíamos hasta que oscurecía. Cuando nos despertábamos buscábamos restaurantes abiertos las 24 horas o nos deteníamos y pululábamos por un outlet de muebles Art Van que habría a medianoche y servía café solo y donuts espolvoreados de azúcar glas. A veces viajábamos en coche sin rumbo fijo y antes de que saliera el sol nos parábamos en un motel de algún lugar como Port Huron o Saginaw, y dormíamos todo el día.

Patti smith
Una mujer

Siento estos primeros meses del año como un lapso, un intervalo en el que he explorado una versión particular de mí, capaz de habitar la vida desde la calma aunque todo apremie: lo material, lo mundano, el trabajo, el dinero, la reputación, la necesidad de ser funcional. Han sido días de meditación, hatha yoga constante y de lecturas en un café solitario, con un gran patio al aire libre, que descubrí en el barrio. Vengo de una temporada larga en la que mi yo-productivo se ha ido diluyendo poco a poco. Trabajo, sí, en lo de siempre; pero atravieso un momento que me ha llevado a estar “tras escena”, a ser invisible ante cualquier forma de poder, el de un jefe o el de una institución. De hecho, paso largas temporadas sin jefe; me gusta nombrarlo así, como una forma más amable de decirme que estoy desempleada. Mi ego estuvo herido por esto por un tiempo. Todavía quedan algunas señales de aferramiento. El nombre de una que otra lectura titulada “para actualización profesional” en mi tablero de recordatorios y alguna publicación en redes donde intento resumir, en el tono menos laboral posible, lo que considero importante compartir.

Es un tiempo sagrado, de gozo. Solo necesito detenerme para existir y continuar por el camino de regreso al hogar.

*Nota mental: los ahorros alcanzan hasta abril. *


Resonancia II

Entro en un salón inundado de luz, entonces empiezo a escribir. No sobre ciencia, sino sobre el corazón humano. Escribo con ardor, como escribe una colegiala en su pupitre inclinada sobre el cuaderno de escritura, no sobre lo que le piden, sino sobre lo que quiere.

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Una mujer

¿Qué hace que escribir tenga sentido? ¿escribir qué? ¿para quién? Una mujer mantiene una relación de amor y odio con la escritura. Sabe que no es lo mismo escribir para expresar ideas que para expresar emociones. Para lo primero se necesita estructura y en eso ella se reconoce hábil; para lo segundo, todavía se pregunta qué hace falta. Una mujer ha encontrado el sentido de escribir dialogando con su propia conciencia. Ese monólogo en off le recuerda que escribe para sí misma, no para producir algo “valioso” para otros. Escribir es la única forma que ella conoce para expresar lo que la atraviesa. ¿Por qué debería tener sentido para alguien más? ¿Por qué debería valer más que como gesto de supervivencia? Una mujer lleva años sumergida en esas preguntas y quizás esté lejos de resolverlas. Mientras tanto, sigue escribiendo para ella.


Resonancia III

Fred obtuvo finalmente su licencia de piloto pero no nos alcanzaba el dinero para que pilotará un avión. Yo escribía sin parar pero no publicaba nada. Durante todo este tiempo nos aferramos a la idea del reloj sin manecillas. Todas las tareas se cumplían: se ponían en marcha las bombas de los sumideros, se amontonaban sacos de arena, se plantaban árboles, se planchaban camisas, se cosían dobladillos, y sin embargo nosotros nos permitíamos ignorar las manecillas que seguían avanzando. Mirándolo ahora, tantos años después de la muerte de Fred, nuestra forma de vida parece un milagro, que solo pudo alcanzarse por la silenciosa sincronización de los rubíes del reloj y los engranajes de una mente común.

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Una mujer

Estoy aprendiendo a no esperar nada de la práctica física en el mat ni de lo que ocurre fuera de este. Integrar esa idea me ha costado; suelo entenderla solo en la cabeza, pero aún no la incorporo en mi vida cotidiana. Intento no exigirme y estar atenta a cada cosa que hago.

Dejé de programar alarmas en el celular. Lavo la loza en silencio, sin música; a veces lloro. Tengo una cita nocturna con Twin Peaks y Lynch; veo un capítulo al día sin revisar el teléfono. Escucho un álbum completo de alguno de mis artistas favoritos acostada en el tapete viejo de mi sala, con los ojos cerrados. Hago una cosa a la vez y me sumerjo —extirpando la culpa— en lo que trae consigo cada uno de los momentos. Tal vez así pueda dejar de resistirme a lo que este lapso me está pidiendo vivir, aunque el miedo y la ansiedad de la incertidumbre sigan estando presentes, así como lo está mi atención.

Hay días en los que reviso mi colección de “fotos documento”, guardada con cuidado durante años; algunas imágenes las heredé de mamá. En otras mañanas miro las plantas, mis compañeras de casa. Me sorprende la alegría que me da descubrir una hoja nueva, una flor que no estaba ayer. También observo el color vivo de los vegetales que cocino cada día; dedico tiempo a limpiar cuidadosamente las hojas de las espinacas. Miro mis manos, que siempre encuentro luminosas después de meditar. No sé si intentan decirme algo, pero las observo igual. Aunque en la ciudad no salga el sol, todo parece más brillante en estos días. Incluso mi forma de vida se siente, de alguna manera, como un milagro.


Resonancia IV

Soñaba con Pat Sajak cuando me desperté. En realidad no estoy segura de que fuera Pat Sajak, pues solo vi unas manos masculinas dando la vuelta a unas cartas de tamaño desmesurado para dejar ver letras peculiares. Lo extraño es que tuve la sensación de revivir un sueño antiguo. Las manos descubrían varias letras, las suficientes para que yo adivinara una palabra, pero no me salía nada. Todo estaba en primer plano. No había forma de ver nada más que lo que ya veía. Tenía las uñas arregladas, pulcras y bien cortadas. En el meñique llevaba un anillo de sello de oro. Hay una teoría según la cual da buena suerte verse las manos en un sueño. Un augurio al que aspirar.

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Una mujer

¿Qué dicen nuestras manos? Manos trabajadoras, de dedos gruesos y uñas grandes, como las del padre y las de Sócrates. Manos portadoras de poder, cargadas de anillos heredados de muchas generaciones atrás. Manos que relajan con un toque sutil y afectuoso, capaces de provocar un suspiro tras un momento de entrega plena. Manos que concentran energía cuando hacen mudras. Manos que escriben diálogos a mano. Manos arrugadas, como las de Una mujer en la mitad de la vida. Hay manos que se enfrían y brillan aunque sean pálidas. Las manos de la madre que pasaron de las fotografías a quedar tatuadas para la eternidad en el cuerpo. Manos que destruyen y siembran temor, como aquellas que descargan su fuerza sin razón. Manos que dibujan ballenas de regalo y alegran el día.

Un día de mercurio retrógrado, en conjunción con marte en su casa 5, Una mujer cerró los ojos y al entrar en sí misma, su interior se le llenó de manos.


Resonancia V

No es tan fácil escribir sobre nada. Pero seguimos adelante, abrigando toda clase de esperanzas demenciales. Para redimir lo perdido, un fragmento de revelación personal.

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Una mujer

Tengo un recuerdo borroso de mi adolescencia, unas hojas cuadriculadas de cuaderno escritas con esa tinta azul de los esferos del colegio. Entre frases sueltas, había dibujos del nombre de la banda que me obsesionaba entonces <The Doors>. Mi mamá me había regalado <American Prayer> y yo pasaba las tardes traduciendo a Morrison, intentando encontrar palabras que me ayudaran a entender lo que sentía. No recuerdo con exactitud qué escribía, pero lo hacía y luego escondía los papeles. Un día mi mamá los encontró; no le gustó lo que leyó. Los rompió y los tiró a la basura. Solo dijo que parecía que yo me estaba volviendo loca. Guardé ese episodio tan hondo que desapareció de mi mente durante décadas.

El año pasado, cuando inició la crisis profesional, pasé varios días en silencio y meditando. El recuerdo volvió con una claridad inesperada treinta años después. Sentí una contracción aguda en el pecho, parecida a la que atravesó mi cuerpo cuando mamá murió. No sé bien por qué ni cómo, pero algo encajó dentro de mí, una pieza antigua y amorfa por fin encontró su lugar en un espacio interior que antes no reconocía. Ahora, a veces, ese recuerdo vuelve a flotar. Ya no duele, es una cicatriz.

<Que todos los seres sean felices; que todos mis pensamientos, palabras y acciones contribuyan, de alguna manera, a la felicidad de todos los seres.>
*Lokah Samastah Sukhino Bhavantu*

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