Cuando la práctica empieza a conversar con la vida: cruces silenciosos entre Lynch, Yogananda y mi experiencia

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<Lo que ocurre con la meditación es lo siguiente: cada vez eres más tú. David Lynch>

En estos días volví a <Atrapa el pez dorado> el libro en el que David Lynch reflexiona sobre la creatividad, la intuición y la meditación. Al releerlo, encontré que su acercamiento al Sanātana Dharma -hinduismo en Occidente- es más profundo y sutil de lo que suele mencionarse. No hablo de devoción o creencia religiosa, sino del diálogo natural que él estableció con la tradición filosófica de la India. En sus páginas aparecen citas de las Upanishads, del Bhagavad Gita y de otros textos que han acompañado el pensamiento yogui durante siglos. Son referencias breves, discretas, pero reveladoras. Pequeñas ventanas que Lynch abre hacia una sabiduría antigua y hacia una forma de comprensión orientada al mundo interior.

Uno de los capítulos de este libro está dedicado a los yoguis. Lynch habla de ellos con respeto y admiración, aunque nunca se presenta como uno. Su práctica de la meditación trascendental abrió, al parecer, una vía para acercarse a ese universo sin necesidad de nombrarlo. Esa sutileza me llamó la atención porque, en paralelo, estoy leyendo en este momento <Autobiografía de un yogui>, de Paramahansa Yogananda, quien transmite una profunda visión devocional del yoga, originada en la raíz de la tradición india y traída por él a occidente a inicios del siglo XX como parte de la misión de establecer una enseñanza espiritual universal basada en el Kriya Yoga, otorgada por su maestro Sri Yukteswar.

En alguno de los capítulos, Yogananda menciona a Shiva y cuenta que es el rey de los yoguis dentro de la Trinidad hindú, compuesta por Brahma, Vishnu y Shiva, el gran asceta. Sus funciones en el universo son la creación, la preservación y la destrucción-restauración, aunque esta última suele ser incomprendida, especialmente en occidente. Shiva encarna el modelo arquetípico del practicante que ha llevado el yoga, la meditación y el conocimiento interior a su máxima expresión mediante la disciplina, la constancia, el desapego a los resultados y una alegría que nace de la práctica misma. Son cualidades vivenciales que sostienen el camino del yoga más allá de cualquier etiqueta y que permiten cultivar claridad mental y discernimiento en la vida cotidiana. Y, en otro registro, Lynch encarnó algo -o demasiado- de ese espíritu al sostener la meditación durante de treinta años, encontrando una forma distinta de relacionarse con su propio mundo creativo y con las personas que le rodeaban.

Aunque Lynch fue practicante de la meditación trascendental, una práctica que proviene de un linaje hindú distinto al de Paramahansa Yogananda, al leerlos a ambos al mismo tiempo algo se conectó y empezó a conversar con mi propia experiencia. Sus perspectivas, diferentes en forma pero cercanas en fondo, dieron sentido a vivencias que ya venían emergiendo a través del yoga. Esa coincidencia inesperada entre dos caminos distintos terminó iluminando el mío, como si cada lectura confirmara algo que la práctica ya venía mostrando desde adentro.

Con el tiempo he visto que la práctica de yoga constante no opera como, ni desde un conjunto de ideas que se repiten mentalmente, ni como algo que se fuerza o se busca de manera deliberada. Más bien, se vuelve un flujo continuo que se filtra de forma orgánica en la vida diaria y empieza a dialogar con todo: con lo que se lee, con la manera de observar y abordar las situaciones, con la forma en que se construyen los vínculos, con las decisiones que se toman. La meditación y el yoga se convierten en un marco silencioso que acompaña la cotidianidad -no para explicar la vida, sino como parte de ella- y simplemente ocurre cuando la práctica, a través de cualquiera de sus vías, se integra al ritmo de los días.

Lynch compartió en diferentes charlas y en su libro <Atrapa el pez dorado> que la meditación trascendental le ayudó a tener mayor claridad para crear, una mente más estable y una intuición que se volvía más nítida con el tiempo. Yogananda, desde otro lugar, habla del gozo y la bienaventuranza que emergen cuando la práctica del yoga se sostiene en el tiempo. Aunque sus lenguajes son distintos, ambos coinciden en algo esencial; la práctica abre un espacio interior donde la percepción se afina y la experiencia cotidiana adquiere otra textura. No se trata de un estado extraordinario, sino de una cualidad silenciosa que se expande y acompaña la vida cuando la mente deja de estar saturada por el vaivén de pensamiento o la fulguración de la emoción. Patanjali lo formuló con precisión en los <Yogasutras> –yogaś citta‑vṛtti‑nirodhaḥ– el yoga es el cese de las fluctuaciones de la mente.

El cruce entre Lynch, Yogananda y mi propia práctica ha sido demasiado significativo. Lynch, desde su mundo creativo, encuentra en las tradiciones y prácticas orientales indias un lenguaje para hablar de intuición, profundidad, belleza y alegría. Yogananda, siendo un gurú muy reconocido y desde su camino devocional y espiritual, nos muestra cómo la experiencia interior puede expandirse hasta convertirse en una fuente de gozo, de encuentro con lo divino y de certeza interna en la vida cotidiana, sostenida por la constancia y la claridad interior que encarna Shiva o Dios, el rey de los yoguis.

Y yo, desde mi práctica, puedo ir reconociendo cómo ciertos elementos aparecen de manera sutil en mi vida, manifestándose en la forma de respirar, de observar lo exterior, en el tono de la voz, en la pausa antes de reaccionar, en el silencio que cobra mayor presencia en la rutina diaria, en la manera de sostener pacientemente la atención y, sí, también en la aceptación del misterio de la vida. La práctica constante nos lleva de manera orgánica a ordenar y movernos en el mundo de adentro hacia afuera; la claridad interior encuentra un cauce en la forma como habitamos la existencia.

Con estas ideas en mente, pienso ahora que practicar yoga no consiste necesariamente en adoptar por completo una tradición o una identidad espiritual, aunque para muchos es eso y no hay nada cuestionable en ello. Pienso que no se trata de asumir un papel adicional en la vida, sino de reconocer que la práctica sostenida puede abrir dimensiones inesperadas en diferentes niveles -físicos, emocionales, mentales y experienciales- que se integran, casi imperceptiblemente, en la cotidianidad. Sin proclamaciones ni etiquetas, la práctica simplemente se hace presente. A veces son los demás quienes lo notan primero y nos lo hacen ver, como si la búsqueda interior encontrara su reflejo en gestos mínimos que uno tarda en reconocer, pero que revelan cómo la práctica de yoga va despejando nuestro corazón y modelando silenciosamente nuestra manera de estar en el mundo.  

La llave del yoga no perderá su efectividad cuando yo no esté más en este cuerpo, dijo el maestro. Esta técnica no puede ser encuadernada, archivada y olvidada, al modo de las inspiraciones teóricas y las arideces intelectuales. Continúen sin cesar en su sendero de liberación por medio del yoga, el kriya yoga, cuyo poder estriba en su práctica.

paramahansa yogananda

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