Recientemente, en mayo de 2024, fue publicado en Irlanda el primer reporte de implementación de la renta básica para artistas, un mecanismo de política en fase piloto implementado desde el 2022 con 2000 artistas receptores. Los receptores incluyeron artistas visuales, músicos, artistas de la industria del cine, escritores, actores y artistas del teatro, bailarines y coreógrafos, artistas circenses y arquitectos. El programa fue creado a partir de las recomendaciones efectuadas por un comité de expertos establecido en 2020 por el Gobierno de Dublín, con el fin de abordar la recuperación del sector tras la pandemia de COVID-19.
El programa piloto se concibe como un modelo transformador para las vidas de los artistas y la sostenibilidad de las artes. Los hallazgos explicados en el primer reporte muestran que quienes accedieron a la renta básica dedican 8 horas más a la semana a su práctica artística y trabajan menos horas fuera del ámbito artístico, al tiempo que su satisfacción general ha aumentado y han disminuido episodios depresivos. Otro hallazgo clave está en el impacto en los ingresos de los artistas. El reporte muestra un incremento en la probabilidad de llegar a fin de mes con menos dificultades, la disminución de la privación material y el aumento en la satisfacción de necesidades básicas de los artistas. En conclusión, hay una mejor calidad de vida de quienes accedieron a la renta básica.
Los resultados que muestra el reporte son estupendos y alentadores y ponen en evidencia la ignorada necesidad en Colombia de diseñar y poner en marcha procesos y mecanismos realmente innovadores desde el sector público en beneficio de quienes trabajamos en la cultura y en el arte.
No es posible dignificar el trabajo cultural y artístico, ni cerrar brechas de desigualdad económica y social a través de las bolsas concursables o convocatorias. Estos mecanismos de fomento (como son llamados técnicamente) fueron creados inicialmente como intervenciones del Estado para “corregir” algunas de los cuellos de botella que presentan los bienes/servicios artísticos y culturales en el mercado. Tiene sentido que exista un apoyo o estímulo (tipo beca, premio, etc.) para la circulación de artistas en el exterior, pero lo que no tiene sentido es que se pretenda dignificar el trabajo artístico mediante un simple apoyo anual de carácter contingente.
Comprender y reconocer el estatus como trabajadores/as de las artes y de la cultura permite imaginar otras posibles formas de exigibilidad de derechos y de mecanismos de política estatal para la garantía y el desarrollo de los derechos culturales, económicos y sociales de quienes trabajamos en estos campos.
La oportunidad de crear un escenario similar al de Irlanda que reconozca el aporte social de la cultura y las artes y la situación en aumento de precarización en el trabajo cultural necesita de gobiernos que dejen a un lado las políticas y mecanismos centrados exclusivamente en los estímulos y en el emprendimiento, que reconozcan las condiciones materiales de la producción y creación cultural, la dimensión laboral de las artes y la cultura, la condición de trabajadores de quienes nos dedicamos a eso y, por supuesto, de gobiernos que viabilicen fiscalmente medidas realmente innovadoras e integrados por servidores públicos de primer nivel con la suficiente capacidad de engranar lo político con lo técnico.
Consulta el informe mencionado aquí:
